viernes, 5 de junio de 2026

Catilinaria II: la patria imbécil

 Bastó con ver, aquella mañana candente del domingo 31 día de las elecciones, por centros comerciales , mercados públicos y plazas municipales, a una legión de deambulantes con cara alargada, gesto de arribismo social y aspecto agrio con una prenda común: la camiseta de la selección nacional. Los que inevitablemente los vimos, preguntábamos lo mismo: ¿juega Colombia? ¿Hoy, día de elecciones? ¿Quién no nos avisó? Decidimos hacerle una pregunta aleatoria al demonio de la IA en un celular y la respuesta fue desconcertante: el nefasto abogado, como señal a sus votantes, los animó a vestir la camiseta para esperar el resultado del preconteo. Fue una señal clara de lo que estaba por venir: aquella legión de resentidos inconformes instruidos por zafios economistas cuyo discurso anacrónico sobre comunismo soviético les contagió terror al elegir la alternativa de cambio encarnada por Cepeda, engañados por promotores a sueldo sobre el desastre económico del actual gobierno, empujaban carritos en los supermercados o inspeccionaban frutas y verduras en las plazas. Aquel enjambre de enajenados adoctrinados por la televisión y los medios tradicionales se movían con la inaudita convicción de haber votado por la mejor elección para nuestra nación. Eso explica por qué el nefasto abogado obtuvo tantos votos en primera vuelta: gracias a una estrategia de marketing electoral donde el personaje se prestó para cantar, poner a bailar a la hija y las amigas de ellas horas antes de la apertura de las urnas, probar en público el potaje carcelario de ajiaco exhibido en los restaurantes populares semanas antes del día electoral, logró recabar la buena opinión de tantos a lo largo y ancho del territorio nacional: les dio pan y circo y lo adoraron por ello. Y eso explica también, a su vez, la alta sintonía de bazofias televisivas como los desafíos y la casa de los ridículos: tienen su botín entre acerebrados que esperan entretenimiento fácil por una hora para continuar con su vida igual de insulsa y sus elecciones movidas por el estómago y el miedo.


Los votantes del nefasto deben saber que, para él, no son más que una plaga necesaria a la cual, obligado por el sistema democrático, debe acudir para que con su voto le permitan instalarse en la casa de nariño por cuatro años, tiempo suficiente para llenar no sólo sus bolsillos sino también los de sus amigos. Por eso lo dijo acertadamente cuando se refirió a los que habitamos este país como “una partida de cafres, desleales y malagradecidos”. En eso el nefasto tiene razón: eso somos los colombianos. Cafres y malagradecidos. Por eso estoy escribiendo líbelos que no querría, pero la coyuntura me pide. La patria boba. No: la patria imbécil.


Quizá para esto y sólo para esto sirva esta serie de Catilinarias que he iniciado: para hacerle saber a él que los de mi especie lo despreciamos tanto o más como él nos desprecia a nosotros.


lunes, 1 de junio de 2026

Catilinaria I


El propósito de las Catilinarias.


Desde el principio de esta campaña electoral decidí quedarme al margen y no opinar. En la campaña del 2022 —salvo por una suerte de artículos que felizmente pasaron desapercibidos— dejé esa aprehensión y participé activamente. Sobra decir que el gobierno del cambio se instaló y yo continué con mi vida. Sin embargo, a raíz de los últimos acontecimientos donde le falló el cálculo político al Pacto y su candidato, me veo obligado a aportar de la única manera que sé: desde el editorial de un blog. Decidí resistir desde la palabra y dejar este testimonio por un país mejor que está amenazado por un payaso que, delirante en su ego, le importa tres pesos el gobierno que puede administrar durante el próximo cuatrenio. Decidí, desde la palabra escrita, no convencer a nadie porque vote por el Pacto, sino reflexionar a través de estas líneas sobre el país en que podemos convertirnos en caso de elegir mal. Elegir peor. A veintiún días de la segunda vuelta, como un esfuerzo personal y desobligado, sin que nadie me lo pida y sin recibir un peso, decidí tomar la pluma y discurrir a través de la literatura sobre ese otro país, esa otra mitad de diez millones de votantes, que puede entregarle a un megalómano el destino de millones de ciudadanos. 


La decisión fue fácil, casi simultánea al ver el resultado de los escrutinios. Estamos en una posición donde no podemos ser tibios ni indiferentes: se trata de fijar una posición e intentar, de alguna forma, vislumbrar el país que nos puede traer un abogado nefasto que presuntamente se especializó en estafar a mafiosos, robar a ladrones y defender a delincuentes. Ante esa perspectiva aciaga en que nos encontramos comprometidos, cualquier apoyo es crucial para dirigirse al otro que votó por él equivocadamente o sin pensar y mostrarle, por la filigrana de la escritura, las posibles consecuencias de su actuar. En ese propósito me alisto para contender desde mi escritorio. Más allá de Petro y su gestión como gobernante, de sus aciertos y desaciertos, de sus desencuentros con la prensa y los diversos actores gubernamentales que lo resisten con razón o sin ella, quiero hacer entender a aquel que está al otro lado del espectro que su voto equivocado nos puede llevar a un desbarrancadero similar al de principios de siglo, cuando la muerte se enseñoreó de la razón y llevó a los agentes armados legales del Estado a sacrificar a jóvenes inocentes por la sed de sangre del innombrable y su partido político que oficia como si fuera una secta.


En ese propósito me embarco hoy: escribir 21 artículos sobre la elección equivocada que nos puede llevar al retraso, al pasado doloroso de destrucción y encubrimiento del cual habíamos salido. Ruego por mi bien y el de millones que estas palabras encuentren eco y, de alguna forma, nos ayuden a seguir en la senda de cambio que Petro ha abierto.