Bastó con ver, aquella mañana candente del domingo 31 día de las elecciones, por centros comerciales , mercados públicos y plazas municipales, a una legión de deambulantes con cara alargada, gesto de arribismo social y aspecto agrio con una prenda común: la camiseta de la selección nacional. Los que inevitablemente los vimos, preguntábamos lo mismo: ¿juega Colombia? ¿Hoy, día de elecciones? ¿Quién no nos avisó? Decidimos hacerle una pregunta aleatoria al demonio de la IA en un celular y la respuesta fue desconcertante: el nefasto abogado, como señal a sus votantes, los animó a vestir la camiseta para esperar el resultado del preconteo. Fue una señal clara de lo que estaba por venir: aquella legión de resentidos inconformes instruidos por zafios economistas cuyo discurso anacrónico sobre comunismo soviético les contagió terror al elegir la alternativa de cambio encarnada por Cepeda, engañados por promotores a sueldo sobre el desastre económico del actual gobierno, empujaban carritos en los supermercados o inspeccionaban frutas y verduras en las plazas. Aquel enjambre de enajenados adoctrinados por la televisión y los medios tradicionales se movían con la inaudita convicción de haber votado por la mejor elección para nuestra nación. Eso explica por qué el nefasto abogado obtuvo tantos votos en primera vuelta: gracias a una estrategia de marketing electoral donde el personaje se prestó para cantar, poner a bailar a la hija y las amigas de ellas horas antes de la apertura de las urnas, probar en público el potaje carcelario de ajiaco exhibido en los restaurantes populares semanas antes del día electoral, logró recabar la buena opinión de tantos a lo largo y ancho del territorio nacional: les dio pan y circo y lo adoraron por ello. Y eso explica también, a su vez, la alta sintonía de bazofias televisivas como los desafíos y la casa de los ridículos: tienen su botín entre acerebrados que esperan entretenimiento fácil por una hora para continuar con su vida igual de insulsa y sus elecciones movidas por el estómago y el miedo.
Los votantes del nefasto deben saber que, para él, no son más que una plaga necesaria a la cual, obligado por el sistema democrático, debe acudir para que con su voto le permitan instalarse en la casa de nariño por cuatro años, tiempo suficiente para llenar no sólo sus bolsillos sino también los de sus amigos. Por eso lo dijo acertadamente cuando se refirió a los que habitamos este país como “una partida de cafres, desleales y malagradecidos”. En eso el nefasto tiene razón: eso somos los colombianos. Cafres y malagradecidos. Por eso estoy escribiendo líbelos que no querría, pero la coyuntura me pide. La patria boba. No: la patria imbécil.
Quizá para esto y sólo para esto sirva esta serie de Catilinarias que he iniciado: para hacerle saber a él que los de mi especie lo despreciamos tanto o más como él nos desprecia a nosotros.
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